domingo, 8 de mayo de 2016

Cada Segundo Domingo de Mayo...


-          ¿Qué hora es?

Abro los ojos asustado y empiezo a mover las sábanas de la cama mientras intento ubicar sin mucho éxito mi celular en el que por enésima vez me olvidé de configurar la alarma.

-          6:15 am.

Con mucho alivio, me senté en el borde de la cama. - Aún hay tiempo- me decía a mí mismo, mientras intentaba limpiar mis ojos y alejar toda la pereza de mi cuerpo. Empecé a repasar en mi mente la actividad que tenía planificada para este día, cuando de pronto una sonrisa dibujó mi rostro, sabía porque haría todo esto.

Me levanté de la cama, aun tambaleando saqué de mis cajones mi conjunto favorito, aquel blue jean clásico y la camisa a cuadros que tanto le gustaba. Salí del cuarto para planchar la ropa. De lejos diviso a mi abuela parada en la puerta de su cuarto quien me saluda, y a su lado, mi hermana que acababa de bajar de su cuarto. Ambas me sonríen y empiezan a hacer sus cosas. Mi abuela se me acerca y con un beso en la mejilla me dice que cumplirá con lo acordado. Le agradezco con un abrazo.

Cuido cada centímetro de la ropa que plancho. – Todo tiene que salir muy bien hoy- repetía en mi mente aquellas palabras para que nunca se me olvidaran. En el fondo escuchaba la música que venía desde el cuarto de mi papá. Aquellos boleros que son pieza clave de este día para muchas personas, mas no para mí, ya que mi día será diferente.

Coloqué la ropa en el colgador. Veo la hora: 7:00 am. El tiempo pasó volando. Corrí de inmediato al baño, no dudé en afeitarme, de igual forma, así no era yo. Al salir camino a mi cuarto, mi hermana me saluda y sigue con su rutina. Me detengo unos minutos a verla, cuando luego recuerdo que el tiempo se hacía más y más corto.

-          Todo tiene que salir muy bien hoy- me seguía repitiendo pero esta vez en voz alta.

Me alisté rápidamente. Bajé al primer piso a ayudar a mi abuela a ordenar la mesa. El desayuno estaba listo. El sitio en el que cada uno se sentaría ya contaba con las tazas y platos. Faltaban pocos minutos para las ocho. Le dije a mi abuela y hermana que terminaría de limpiar la sala mientras ellas se terminaban de alistar.

-          Todo tiene que salir muy bien hoy- me decía a mí mismo pero cada vez más nervioso. –Todo tiene que salir mu..- cuando de pronto el sonido del reloj interrumpe mis palabras.

La hora ya había llegado. Las 08:00 am en punto. Dejé la escoba, me arreglé la camisa, me miré al espejo y caminé lentamente; por cada paso que daba mi corazón latía más fuerte, mi sonrisa crecía y mis ojos se iluminaban de un color esperanza. Mientras caminaba veía por la ventana el cielo que pintaba de color azul claro. Ya en la puerta, giro la manilla con mis manos temblorosas y abro la puerta lentamente, mi respiración se acelera, muchas ideas vienen a mi mente, no sabía si todo lo que hacía era lo correcto, solo me preocupaba por el momento.

Mis manos aún temblorosas por los nervios logran abrir por completo la puerta de mi casa. Ya los rayos del sol iluminan la entrada de la sala, cuando de pronto mi sonrisa se fue desapareciendo poco a poco. Sí, no había nadie afuera.

– Otra vez- pensé mientras mis ojos se humedecían, mientras que arrugaba el jean con mi puño. – Otra vez- seguía repitiéndome mirando con rabia hacia la entrada de mi casa aún vacía.

Bajé la cabeza y cerré lentamente la puerta. La cruda realidad llegó a mi mente de golpe. Al voltear veo atrás mío a mi abuela y hermana que conmovidas por lo sucedido, con los ojos en lágrimas me miran fijamente y me extienden sus brazos a los que sin dudar corrí de inmediato.

-          Se supone que todo tenía que salir bien hoy- les decía entre lágrimas, llorando como un niño.
-          Y aún hay oportunidad de que así sea- exclamaba mi abuela mientras intentaba secar inútilmente mis lágrimas.

Cada segundo domingo de mayo mi rutina era la misma, ordenar mi mejor ropa, alistarme, limpiar y tener listo el desayuno, lucir de la mejor manera para el “gran momento”. Como cada segundo domingo de mayo planifico hasta el más mínimo detalle. Como cada segundo domingo de mayo me quedo viendo la entrada vacía de mi casa. Y como cada segundo domingo de mayo mi abuela y hermana están para consolarme entre sus brazos.

Y es que cada segundo domingo de mayo desde hace ya 18 años sigo esperando su regreso de la misma forma, sigo esperando que al abrir la puerta de mi casa la encuentre a ella y poder abrazarla tan fuerte como la última vez que lo hice, que me mire a los ojos y me pregunte: “Todo está yendo bien ahora?” y que me confirme que todo fue solo un mal sueño, y así retirar de mi sala el recuerdo de su foto ya que ahora la tendría realmente a ella.

Pero la realidad año tras año es otra. Hay golpes que uno nunca logra superar por más tiempo que pase. Cada año me cuesta aceptar que ya no está físicamente pero sí está presente en cada paso que doy.

Ya en la tarde, me siento a observar su cuadro que ilumina mi sala desde hace muchos años atrás. La observo fijamente intentando recordar el tono de su voz, el calor de sus abrazos y su sonrisa. Al hacer ello en mi rostro se esboza una sonrisa; seco las lágrimas que se empiezan a deslizar por mis mejillas y me levanto. Camino hacia el cuadro y le susurro, “Te amo, mamá”, esperando que donde sea que se encuentre pueda oírlo.

Camino hacia mi cuarto, esperando que acabe el día y que pasen otros más hasta el momento en el que finalmente pueda estar entre sus brazos y responder su pregunta:

-          “Sí, mamá, todo está saliendo muy bien ahora que estás conmigo. Feliz día!”

Hasta ese entonces, seguiré esperando su retorno con los brazos abiertos cada segundo domingo de mayo.

Soundtrack:
Simple Plan - Gone Too Soon

Miguel