Sábado de noche. Unas latas de cerveza. El mar. Diego.
Valentina. Una historia.
- “Y siendo sinceros, no puedo comprender cómo es
posible que este a tu lado tomando una cerveza y no un champagne o un vino, no
sé, en una cena romántica y haciendo esas cosas cursis que me gustan tanto y
que nunca pensé que a ti también…”- dijo Diego, rompiendo la paz emocional que
tenía esa charla de horas y horas frente al poderoso y oscuro mar.
- - “Qu… Quéee?”- respondió tartamudeando Valentina
con una sonrisa nerviosa.
- - “…y darte esa rosa que tanto te gustaba. Uhm roja,
cierto?”.
- - “Jajaja pero…”- intentaba hablar Valentina.
- - “Sí, roja. Ése era el color!”- dijo Diego
mirando fijamente el mar y dibujando una leve sonrisa en su rostro.
Valentina solo sonreía de manera nerviosa mientras cruzaba
sus brazos para abrigarse a causa del viento que corría y agachaba la mirada un
poco avergonzada mirando las piedras en donde yacían las fenecidas latas de
cerveza que abrieron horas antes.
- - “Quizás una charla amena. Vestido yo un poco más
formal, con una camisa, un buen peinado y no sé qué más. Todo un caballero. Y tú
pues, con un vestido de noche o simplemente una blusa y unos tacos que me hagan
sentir más enano de lo que soy, pero qué importa eso!? La cobertura es lo de
menos, pero estoy seguro que combinaríamos muy bien. Nos envidiarían al vernos…”- seguía hablando.
- - “Diego…”- intentaba hablar sin mucho éxito
Valentina.
Se podía sentir la emoción en cada palabra pronunciada por
Diego, quién no quería dejar de hablar e imaginar cada situación que vivía con
Valentina. Pero sabía que en algún momento tendría que hacerlo.
- - “La cena la dejo en tus manos. Aunque preferiría
llevarte a ese lugar del que tanto me habías hablado. Cómo se llamaba? Tenía
algo de italiano en el nombre, creo. Uhm D’ Lizza? Sí, ese creo que es… Y sí
que fue difícil ubicarlo eh! Tienes un paladar muy exigente…”
- - “Oye, estas ebrio?”- le dijo sonriendo
Valentina, mientras se animaba a abrir otra lata más de cerveza.
- - “Caminaríamos por ese parque donde nos conocimos,
lo recuerdas? Hablaríamos de corrido, con silencios que caracterizan nuestra timidez,
pero eso sí, siempre encontraríamos la forma de romper ese silencio, y yo la
forma de hacerte reír aunque te molesten mis estupideces...”- dijo Diego,
ignorando con un brillo en sus ojos la pregunta de Valentina.
- - “Siempre lo haces, tonto!”- acotó aún nerviosa
Valentina, dándole un sorbo más a la lata de cerveza que tenía en su mano.
- - “Y si deseas nos sentamos a mirar la gente pasar
o ver las hojas caer. Como lo desees. Pero sin descuidar la hora. Que por más
veces que nos hayamos quedado hasta tarde conversando otros días, esta vez no
quiero que llegues tarde a casa, ya que noches por demás juntos asumo que
tendremos”.
- - “Jajaja qué hablas ah?”- respondía riendo
Valentina.
- - “Caminaremos para tomar un taxi. Se te hará
difícil caminar. Te sacaría los tacos y te daría mis zapatos para que camines
mientras yo llevo los tuyos en mis manos. Te apoyarías en mi brazo mientras
caminamos lentamente por ese viejo pero aún hermoso parque. Nos subiríamos a un
taxi luego. Y sí, te llevaría a casa. Sabes bien que no quiero que te pase
algo. Nos acomodaríamos y escucharíamos la música que coloca el inminente confidente, el chofer, y
cantaríamos o simplemente nos burlaríamos de ello. Te recostarías en mi hombro
a descansar. Y por primera vez en todas las veces que hemos salido solos, estiraría
mi brazo y te envolvería con él. Con mi otra mano acariciaría tu mejilla mientras
siento como poco a poco te acomodas más en mi pecho. Jugaría con tu cabello y nos
dejaríamos llevar por el frío de la noche hasta el punto de vernos a los ojos y,
con menos de un centímetro de distancia entre nuestros rostros, unir nuestros
labios hasta llegar a tu hogar…”
- - “Oye tu sí que estas ebrio jaja Ya deja la
cerveza mejor”- seguía riendo Valentina.
- - “Y despedirme con un corto beso. De esos que
guardan las esperanzas de quizás volver a repetir la velada. No sé”- culmina
Diego, luego de un largo monólogo.
Deja de mirar el horizonte y voltea a ver a una aún nerviosa
Valentina quién estaba sentada de brazos cruzados mirándolo. Le dibuja una
sonrisa y mirándola fijamente a los ojos le dice:
-
- - “No, no estoy ebrio, Vale. Ya me conoces.”
Luego, se levanta y le da la lata a Valentina. Agarra una
piedra y la tira al mar.
- - “Jaja que curioso. Mira que justo hoy me sale el
tirar la piedra y que rebote en el mar.”
Diego se aleja sonriendo y mirando hacia el piso, pero
caminando lentamente, sin ánimos de separarse mucho de Valentina.
Ella aún sorprendida por todo el relato que escuchó, solo lo
veía caminar y alejarse lentamente. No sabía que pensar. O quizás sí lo sabía pero
no esperaba que sucediera todo eso. Reaccionó y miró la lata que le dio a
sostener minutos antes Diego. La analizó bien y se percató que aún andaba llena.
Recién había sido abierta.
- - “No es posible…”- pensaba Valentina, quién
minutos antes acusaba al alcohol el hecho que Diego haya creado toda esa
historia.
Y era verdad. Diego no había tomado mucho. Prácticamente
nada. A pesar de las horas que estuvieron juntos caminando y sentados
conversando en la playa, él había preferido beber poco y así divertirse tranquilamente
junto a Valentina. Y así cumplir lo que le había comentado uno de los días que
salieron, que trataría de cuidarla.
Esa frase, al igual que el relato, se hacía cada vez más y
más fuerte en la cabeza de Valentina, quien cerró los ojos, trató de recordar
cada palabra contada por Diego, y vivir cada acción en su mente. Sentir la
brisa del mar y envolverse con el frío clima.
Dejó las latas entre las piedras, se levantó y siguió el camino que había tomado Diego, quien la esperaba debajo de un farol de luz tenue que dibujaba su delgada silueta en el suelo. Volteó y miró el lugar donde estaban sentados conversando minutos antes, las latas de cervezas vacías, algunas sin abrir y otra sin terminar seguían entre las piedras; el inmenso compañero cómplice de la ilusión de una persona, el mar, seguía aún pendiente de la historia que podía seguir construyendo esa pareja, quienes, una vez juntos, se enrumbaron por un camino el cuál ninguno de los dos sabe en dónde y cómo acabará. Solo ellos dos y su cómplice de noche, el mar.
Soundtrack:
Diazepunk - 10:10
Miguel